
No se sabe muy bien cómo llegaron hasta aquí; pero, se piensa que los cerdos llegaron con los fenicios a nuestras tierras. Aquí, en la Península, se cruzaron con los jabalíes autóctonos y, así, se creó la raza ibérica. Esta se clasifica en dos tipos: las del tronco ibérico y las del tronco céltico. Dentro del céltico, nos encontramos con la raza gallega, el porco celta, el chato alavés, el lermeño de Burgos o el batzán de Nawerna. El más señalable es el gochu castriano, que estuvo muy vinculado a la vida de los agricultores de dicha tierra; pero, estuvo a punto de desaparecer, por culpa de la entrada de otras razas que daban más beneficio económicamente hablando. A principio de los años 80 comenzó la lucha por la especie y la recopilación de los últimos ejemplares que vivían en las localidades de Belmonte de Miranda, Allande, Cangas de Narcea o Illana.
Está emparentado con otras razas de cerdos de lugares tan diferentes como Francia, Bélgica, Rusia o Dinamarca. Del tronco ibérico, nos encontramos con el negro lampiño de Guadana, el cerdo cordobés del valle de Los Pedroches, el chato murciano, las razas coloradas, entre las que tenemos la campinesa, la torviscal, la retinta y la manchada de Jabugo. El representante más importante, tal vez, es el cerdo negro canario –que encontramos, sobre todo, en Tenerife y en Gran Canarias-; pero, se extinguieron en El Hierro y en Fuerteventura. Hoy en día, tenemos menos de 300 ejemplares y, por eso, están bajo protección.
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